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En el país de las bicicletas…
Por Claudia Zilli
Hoy quiero dirigirme a ustedes para compartirles mi experiencia personal en un mundo que, comparado con el nuestro, podría parecer sacado nada más y nada menos que de la imaginación del escritor Lewis Carroll. ¿A qué lugar me refiero? Pues nada menos que al que podríamos llamar el País de las Bicicletas, el Reino de los Países Bajos, mejor conocido internacionalmente como Holanda.
Holanda es un país que se encuentra al norte de Europa, entre el Mar del Norte, Bélgica y Alemania. Su territorio está caracterizado por ser completamente llano y bastante pequeño, tanto en términos relativos como absolutos: 41,526 kilómetros cuadrados, de los cuales el 18% es agua. Si lo pensamos en términos comparativos podríamos ver que únicamente dentro de nuestro estado de Veracruz podríamos tener 1.7 Holanda(s); ahora bien, si gustan de las operaciones mentales -o de las “convenientemente disponibles” calculadoras portátiles incluidas en prácticamente cualquier dispositivo electrónico actual- pueden verificar cuántas veces podría caber este pequeño país en la totalidad de nuestro territorio mexicano.
Los holandeses hablan un idioma completamente distinto del nuestro denominado neerlandés u holandés; es decir, un idioma de origen germánico que es literalmente una mezcla entre el inglés y el alemán, bastante “fácil” de digerir como se podrán imaginar. No obstante, al interior de este pequeño país no se habla únicamente un idioma, al norte del mismo –en la provincia de Friesland o Frisia- se habla Frisia o Frisón, el cual no es usualmente entendible ni siquiera por el resto de los habitantes que únicamente hablan neerlandés. Esta diversidad idiomática se ve enriquecida por la cantidad de inmigrantes, estudiantes y turistas, provenientes de las más diversas partes del mundo y que participan en la conformación de una melodía plurilingüística que se puede escuchar en cualquier esquina de los centros de Ámsterdam, El Haya, Rótterdam, y otras ciudades particularmente de mediano tamaño.
Los holandeses son en promedio las individuos más altos del planeta, dato curioso y particularmente notorio para una persona que apenas alcanza los 1.57 metros de estatura; están acostumbrados a un clima lluvioso, nublado y gris, al menos durante siete de los doce meses que conforman el año; y son especialmente objeto de curiosidad alrededor del mundo por su apertura con respecto a la legalización de la prostitución y de las drogas suaves (ojo: drogas suaves). ¿Quién no ha sentido curiosidad por conocer el mundialmente famoso Barrio Rojo o por sentir el aroma a mariguana quemada a sus alrededores? Pues a decir verdad, con respecto a ello vale la pena aclarar que, de acuerdo a estudios sociológicos realizados, los holandeses son los que menos hacen uso de tales “variedades” (en 2005 tan sólo el 3,3% de la población de entre 15 y 64 años consumía habitualmente marihuana; el 0,3% cocaína; y el 0,4% éxtasis; índices bajos en comparación con otros países europeos, y especialmente considerando el poder adquisitivo de los holandeses*).
* Hernández Bolívar, Saúl. “Las drogas y el mito holandés”. Periódico El Mundo. Medellín, Colombia. (08/Junio/2009).
A mi parecer, los elementos antes descritos ya nos dan una idea de una sociedad bastante característica y diferente de lo que nosotros aquí en México conocemos, sin embargo, existe un elemento adicional que salta a la vista tan pronto como uno se interna en este pequeño gran país, y no me refiero ni a los tulipanes ni a los clásicos molinos de viento. Este elemento adicional y tan característico es la existencia de una cantidad interminable de objetos que casi de manera “mágica” van y vienen al ritmo de una melodía que casi podría parecer tan armónica como la pieza más sincronizada a la vez que compleja del compositor holandés Jan Pieterszoon Sweelinck.
Objetos en movimiento de diferentes colores: tenues, oscuros, brillantes; de diferentes tamaños; para una, dos, tres o incluso más personas; de diferentes diseños: plegables, reclinadas, tándems, y para discapacitados; incluso con diferentes texturas: forradas con peluche simulando las manchas de un leopardo, con motas texturizadas de color rosa o morado fosforescente; y adornadas con flores, canastas, globos, e incluso confeti incrustrado, dependiendo de la ocasión. Y eso sí todas con sus respectivas llantas, asientos, cadenas y manubrios, e impulsadas no más que por la natural, y por demás amigable con el ambiente, fuerza de las dos piernas de su conductor: Bicicletas.
Holanda es el país bicicletero por excelencia; hay en el país un total aproximado de 12 millones de bicicletas junto a un total de casi 16 millones de habitantes. Es decir, el doble de automóviles, casi una bicicleta por persona y por lo menos sí una bicicleta por cada familia, valiendo la pena recordar que muchas de éstas están adaptadas para transportar a más de una persona por viaje. Debo confesar que para mi uno de los mejores espectáculos al llegar a este país fue el observar cientos y cientos de bicicletas que se agrupaban en áreas especialmente destinadas para el estacionamiento de este curioso, práctico y ecológico, medio de transporte.
¿Y por qué tan pocos automóviles y tantas bicicletas?, ¡Qué jodidos!, dirán algunos. ¡Vaya país bicicletero!, ¿por qué no aprovechar sus casi perfectamente trazadas calles y autopistas para correr autos deportivos europeos?, pensarán otros. A decir verdad los holandeses tienen un poder adquisitivo bastante alto; un producto interno bruto por persona (PIB per capita) de $40,300 dólares al año de acuerdo con el CIA World Fact Book (2008); y un índice de desarrollo humano que ocupa el sexto lugar a nivel mundial de acuerdo con el último Reporte de Desarrollo Humano de Naciones Unidas (2008). Además, en 2007 fue declarado por UNICEF como el país de mayor bienestar para los menores, precediendo inclusive a los países escandinavos; así que es obvio que los holandeses no compran automóviles no porque no pueden o porque no quieren, pues por cuestiones monetarias y socio-económicas no se encuentran limitados.
Sin embargo, el uso de la bicicleta como principal medio de transporte tiene una relación muy cercana a los indicadores previamente mencionados. Si bien es un medio más ahorrativo que no requiere la misma inversión que un automóvil en términos de costo, combustible y mantenimiento (una bicicleta de uso fluctúa entre los 50 y 70 euros aproximadamente, con cadena de seguridad incluida; mientras que un automóvil de uso fluctúa entre los 18,000 y 20,000 euros -dependiendo de la marca y modelo); también es un medio que requiere de un menor espacio territorial, el cual no abunda en los Países Bajos. De esta manera, si los holandeses desearían tener más automóviles necesitarían construir no únicamente más estacionamientos sino también más territorio para construir estacionamientos; sin embargo, vale la pena recalcar que en esta tarea también son ya expertos pues una porción significativa de su territorio fue literalmente creada por ellos mismos al ganarle terreno al mismísimo Mar del Norte.
La bicicleta también representa beneficios en materia de salud física y psicológica para los holandeses. Los infantes son acostumbrados desde que están prácticamente en el vientre materno a los viajes en bicicleta; y desde muy pequeños deben tomar clases de ciclismo, natación y educación vial (la natación es para evitar que al circular cerca de los canales de agua que tanto caracterizan a la bella Venecia del Norte puedan caer y morir ahogados). Por otro lado, la bicicleta es utilizada también como punto de encuentro en la convivencia familiar entre padres e hijos, así como en la asociación de personas cuyo interés común está centrado en el uso y disfrute de este vehículo que posee casi dos siglos de antigüedad. De esta manera, la también comúnmente llamada “cleta” sirve no únicamente para movilizarse sino también para promover el desarrollo de individuos sanos, independientes y socialmente conscientes.
Y si todos estos beneficios no parecen aún lo suficientemente significativos, les hablaré de uno de los más importantes o quizá incluso el más importante puesto que involucra no únicamente a los holandeses sino al resto de los seres que también habitamos el planeta Tierra: el cuidado del medio ambiente. La bicicleta es un medio de transporte netamente ecológico, no produce gases tóxicos como bióxido de carbono, monóxidos de nitrógeno o hidrocarburos, tampoco genera contaminación acústica. En comparación con un automóvil, la bicicleta representa un incremento en los índices de contaminación de 0.0% junto a un 100.0% del automóvil.
Debo confesar que en lo personal al principio fue difícil acostumbrarme al uso diario de la bicicleta; perder el miedo a los altos que debía hacer ante la presencia de un automóvil y a circular tan cerca de otros coches, autobuses, o incluso ciclistas cuya experiencia era obviamente más significativa que la mía. Sin embargo, después de un corto período de tiempo llegué a disfrutarlo muchísimo, a sentir la libertad que me proporcionaba el circular en mi bici sin importar el tráfico que se podría producir, a saber que únicamente con mis dos piernas y con muy poco trabajo de mantenimiento podía ir prácticamente a cualquier lugar; y -mejor aún- a la seguridad de que los automóviles se detendrían a mi paso y que los demás ciclistas estarían conscientes no únicamente del lugar espacial que ellos mismos ocupaban sino también del mío.
Los beneficios en mi organismo fueron a su vez claramente notorios: perdí peso, me sentí más ligera y me podía mover con mayor ligereza. Mi sistema inmunológico se reforzó y fui menos propensa a enfermarme de gripa o catarro a pesar de los constantes cambios de temperatura y las lluvias; mi cuerpo me pedía casi de manera natural alimentos más sanos y menos pesados. Mi principal medio de alimentación, el aire, era más puro y por ende cada vez que salía a pedalear era darle la oportunidad a mi organismo de disfrutar de un verdadero festín.
Además, en dos años de habitar este pequeño gran país no presencié más de dos accidentes automovilísticos y sí unos cuantos entre bicicletas, sin embargo, los percances producidos por éstos últimos eran por demás notablemente menores a aquéllos que se producen durante el choque de máquinas movidas por motores de combustión interna.
Como pueden ver son múltiples los beneficios que el uso de la bicicleta trae consigo, y si bien cada sociedad y cada país poseen características propias que facilitan o dificultan la construcción de infraestructura apropiada para los ciclistas, es claro que sí vale la pena invertir en la misma, en la señalización correspondiente y en educación vial; ello tanto por cuestiones económicas a mediano y largo plazo, como por cuestiones sociales y culturales que finalmente redituarán en el desarrollo de individuos integralmente más sanos, y ambientes menos contaminados y más limpios.